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Bizcochito choco y calabaza

February 28, 2013
by cookinberlin
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Bizcochitos de chocolate y calabaza

(el retorno de las cosas ricas)

Comer sandwiches de pan bimbo con tomates como plato principal, no poder oler platos tan simples como unos macarrones con tomate, morirte por unos nachos-tortillas de maíz con cualquier tipo de guacamole, detestar tu propio pan casero estupendísimo hecho con cereales integrales, pipas, etc., estar empachada después de dos bocados de cualquier delicioso pastel, aborrecer el café (hasta ahora), morir con la simple idea de que el plato típico nacional alemán pueda aparecer en cualquier momento encima de la mesa (cosa bastante problemática si una vive en Alemania), es decir, el chucrut o Sauerkraut, beber leche fresquita en pleno invierno europeo a todas horas…¡vender tu reino por unas baked beans!

Éstas y otras cosas son las razones de mi gran pausa en el blog. Es verdad que la pausa comenzó con la obra que hicimos en la cocina, que me dejó un par de meses sin posibilidad de cocinar, y se prolongó con eso que por el sur llaman “fatiga”, más popularmente conocida como náuseas mañaneras causadas por mi estado de buena esperanza. Sí, mi tripita ha empezado a crecer y no ha sido precisamente por los grandes banquetes que me he pegado. Ahora entiendo lo de la curva de la felicidad :-)

Por si a alguien le queda alguna duda, sigo sin poder ni ver el chucrut y eso que creo recordar vagamente que antes me encantaba con su salchichita y su patatita asada. Tampoco pruebo ni gota de café, algo impensable en mí. Por lo demás la cosa va mejor, sin antojos, cosa que me fastidia bastante, ¡yo que siempre pensé usar el embarazo como excusa para comer/comprar/cocinar/pedir cualquier cosa que se me pasara por la cabeza! Pero no, parece que las hormonas me están dejando muy tranquila (mucho mejor para los que me rodean 😉 )

Pero no os penséis que pienso cambiar el blog a algo dedicado exclusivamente a embarazadas y sus “aledaños”·, no, no, no. La línea del blog seguirá siendo presentaros recetas facilitas y sanas para que nadie tenga excusa para no comer bien.

Hace un par de semanas volví a tener ganas de cocinar algo rico, pero cuando me puse a intentar documentar fotográficamente el resultado me di cuenta de que al otro lado de la ventana ya era de noche (a eso de las 17h). Otras veces el día estaba tan nublado que en las fotos parecía que ya era de noche, y es que no hay que olvidar que en Alemania hemos tenido el invierno con menos horas de sol ¡desde hace 100 años!. En fin, que creo que estando por estas latitudes lo mejor será ser realista y cerrar el blog por la temporada de invierno. Pero ahora ya se nota que los días son más largos, incluso hemos tenido días soleados (¡¡¡!!!), así que con la primavera mis fogones quieren actividad, el horno ya lo he tenido encendido un par de veces, las ollas han hecho sopas de colores imposibles y las fotos han salido aceptables para darle ese tono alegre que debe de que ir acompañando cualquier platillo.

Para la reapertura del blog os dejo una receta que hice en octubre sin la cocina terminada, pero con el horno en su sitio. Sé que el ingrediente principal de mi versión, la calabaza, ya no está de temporada, pero como existen varias versiones con varios vegetales, no os quería privar de este descubrimiento de dulce sano y sorprendente. Además, es vegano, no tiene ningún ingrediente de origen animal, es decir, no tiene los típicos ingredientes que siempre aparecen en los bizcochos: ni leche, ni huevos, ni mantequilla.

La versión original que me inspiró para, cómo no, cambiar un par de ingredientes la saqué de mi blog estrella, la Receta de la Felicidad, allí el bizcocho es con calabacín en vez de calabaza. Luego mirando un par de cosas por Internet descubrí un par de versiones interesantes como ésta con calabacín, zanahoria, patata y calabaza.

Empezamos con los ingredientes:

300 g de calabaza (yo siempre uso la Hokkaido, que no hay que pelar siquiera)

125 ml de aceite de aceite de oliva virgen extra de sabor suave

150 g de azúcar (la receta original pone 200 g, pero con un poco menos también sale genial)

250 g de harina (yo uso siempre de espelta integral)

50 g de cacao puro en polvo

1 cucharadita de levadura (si queréis hacer la versión vegana 100%, fijáos en que la levadura que escojáis no tenga trazas de huevo)

1 pizca de sal (esto siempre intensifica el sabor)

Y así es cómo os tenéis que poner manos a la masa, nunca mejor dicho:

Precalentar el horno a 200º.

Cortar la calabaza en trozos que cocinaréis unos 10 minutos en el microondas o a fuego lento en un cazo para luego poder triturarla bien, como si fuera un puré.

Mezclamos con todos los ingredientes hasta formar una pasta.

Verter en un molde rectangular amplio (35cm x 25 cm).

Bajar la temperatura a 180º y hornear 20-30 minutos.

Dejaremos enfríar antes de contar en las porciones que queramos. El resultado es como un brownie, pero mucho más ligero, seguramente con menos de la mitad de calorías, no sabe nada a los vegetales que le echéis, por lo que dejaréis boquiabiertos a vuestros invitados cuando reveléis el ingrediente secreto de vuestro postre.

Así de bonitos quedan: (no os perdáis las flores de nuestro hibisco este otoño)

Me imagino que deben de combinar de lujo con una bolita de helado de vainilla, pero así, “a palo seco” de merienda o para el desayuno, no les hace falta nada porque quedan bien jugositos, aunque, ahora que lo pienso, deben de quedar muy ricos si le añadimos unas nueces a la masa para darle así más sabor a brownie.

Yo hace mucho que no los hago, ya os digo que las fotos son de los que hice en octubre, pero después de escribir esta entrada me están entrando unas ganas locas de hacerlos y, sobre todo, de catarlos. Además, es la excusa perfecta para invitar a un par de amigos a tomar café (¡puagh! yo mejor me tomo un menta poleo).

Que sepáis que estoy muy feliz de volver a estos mundos cibernéticos, sintiendo cómo cada día me apetece más meterme a cocinar, transformando recetas o sacándome comida rápida de la manga. ¡Es la guerra al bocata y a los platos precocinados! Y que conste que como bocata no incluyo una buena rebanada de pan tostado con aceite de oliva y tomate y una buena loncha de jamón ibérico, sí, ese mismo que las embarazadas no podemos comer, ¡en fin!

Os deseo un buen comienzo de mes, ya huele a primavera, aunque supongo que en algunas esquinas del planeta estaréis sintiendo cómo se acerca el otoño, estación del año que también deja huella. Además, allí sí que encontraréis calabaza, zapallo, ayote…

¡A ver quién es el primero que se anima con estos deliciosos bizcochitos!

Creo que ya lo he dicho un par de veces, pero es que es así con muchas recetas que hacemos con amor: para mí que estos bizcochos hacen feliz, ya me contaréis :-)

¡Os deseo un buen comienzo del fin de semana!

¡Hasta pronto! No sé a vosotros, pero a mí me acaba de entrar un antojo

Trajinando

October 5, 2012
by cookinberlin
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Un otoño cualquiera en Berlín

(apuntes del verano pasado)

¡Regreso al blog y estreno sección! No se me ocurría mejor forma para llamarla que la frase que me escribió mi gran amigo J. ¡Gracias por prestármela!

Al amor de la lumbre

Ya tenía yo en mente desde el principio tener una sección que me permitiera contar cosas sin tener que acabar necesariamente en una receta y aquí estoy, dispuesta a contar todas las experiencias, ideas, descubrimientos de todos estos meses sin publicar recetas y a abrir una puerta hacia un lugar donde colgar cosas bonitas de la vida sin más.

Mi última entrada tiene fecha de 28 de julio, ¡horror! Dos mesecitos pensando en escribir y ahora espero estar a la altura para romper el hielo con mi blog ¿Estará cabreado conmigo? ¿me volverá a recibir con los brazos abiertos? Seguro que comprenderá la explicación a tan largo silencio: ¡chico, es que estoy sin cocina!

Ya os comenté que empezamos con una gran obra en casa que nos puso todo patas arriba; ahora, tres meses después de empezar, estamos libres de yesos y cementos, pero nos queda la larga tarea de construir la cocina. Como muchos sabéis, D. es muy apañado y está ahora mismo liado con las maderas que formarán de aquí a tres semanas la cocina de nuestros sueños.

Hacerlo todo uno mismo tiene la gran ventaja de poder diseñar los muebles para lo que se tiene y no al revés, que suele ser lo que pasa cuando se compra una cocina ya hecha: en ese caso uno no para de preguntarse dónde entrarán los platos, de qué manera se podrá apilar los vasos y si las cucharas de madera no estarían mejor en un recipiente de cerámica en la encimera. Nosotros no, nosotros estamos haciendo “un traje a medida”; nada es casual y hemos diseñado una cocina para nuestros tropecientos platos, cuencos, cubiertos y, lo más importante, para las tropecientas tazas, mis tazas, mi pasión (santa paciencia que tiene D.)

En este periodo sin fogón de gas hicimos un par de cosas en un hornillo eléctrico, pero vamos, que hablo de pasta y similares. Esta experiencia me sirvió para saber lo mucho que odio cocinar en placa eléctrica; no se puede regular bien la temperatura y todo tarda el doble, o al menos eso es lo que se piensa ¡¡justo antes de darse uno cuenta de que se nos está quemando la comida!! Horroroso. Adoro la cocina de gas, cocinar con fuego, que para algo tenemos un contrato con una compañía de gas ecológico, ¡faltaría más!

El verano pasó rápido y nos dejó un piso casi irreconocible y un comienzo de curso demasiado prematuro para nuestra percepción del tiempo, y es que comenzar el curso un día 6 de agosto se le hace cuesta arriba a cualquiera.

Luego llegó septiembre con mucha visita altamente esperada y disfrutada :-) Largos paseos, muchas charlas puestas al día y sobre todo infinitos recorridos gastronómicos.

Muchas de las recetas que llegarán a este blog próximamente ya han sido preparadas en la nueva cocina, vamos, me refiero solamente a su ubicación, hasta que todo esté terminado le doy por lo menos un mes.

Coca de Llanda(gracias a nuestros vecinos S. y P.), boloñesa vegetariana, arroz con verduras y, ¡atención!, ¡mi primera receta con carne! Ésa la dejo en el aire para que os quedéis con la intriga 😉

Este capítulo nos ha dejado estampas como éstas…

Haciendo la coca:

¡Al arrocito rico!

También hice un pisto de esos que quitan el “sentío”, encima con un par de “regañás” ya ni te cuento:

Por otro lado ha habido delicias altamente calóricas, de esas que es mejor llamar “caprichos” o “excepciones” por el tema de la mala conciencia; muchos conoceréis la marca de chocolate alemana Ritter Sport (sí, G., ¡todavía me estoy riendo!), pues tienen una tienda por la capital germana que es digna de visitar; no sé si conozco una marca con tantas variedades, todas riquísimas, claro está.

A esta “excepción” sumamos el “capricho” que me llegó de los madriles: los bollitos del Círculo Rojo de Bimbo. Todo el mundo en España tiene en un pedestal a los bollitos de la Pantera Rosa, pero yo me quedo con estos grasientos y sencillos bizcochitos; he de decir que en mi última visita por España le quise presentar a D. los bollitos de la Pantera Rosa, ya que marcaron la infancia de muchos de nosotros, y cuando los probé vi cómo se caía a pedazos en un segundo el pedestal donde los había puesto todos estos años…¡qué horror! ¿estaban así de dulces hace 20 años? ¿se pegaban tanto al paladar? Con todos mis respetos a los seguidores del pastelillo rosa: ¡me pareció incomible!

Pasamos a manjares mucho más agradables, supongo que más sanos pero igual de calóricos, si no más: el queso. Ya os hablé en alguna entrada del queso Payoyo, pues bien, tengo en la nevera medio queso y un trocito. Es un manjar que solamente se consigue en la provincia de Cádiz, bueno, al menos no se consigue en Madrid (de ahí los malabarismos para que me los haga llegar la familia), y que hace las delicias de nuestros desayunos con uno de mis panes y un poquito de mermelada de membrillo casera. No le perdáis la pista a este queso, mi meta es conseguir darle más publicidad por estas latitudes, a ver qué se me ocurre.

En estos días, semanas, meses sin escribir en el blog he descubierto muchas páginas interesantes y no todas tienen que ver con la cocina. Voy a ver si actualizo la lista de webs preferidas que podéis encontrar en seguir navegando arriba a la derecha y os descubro alguna cosilla que otra.

Este verano también inauguramos nuestro jardín con una barbacoa; fue un día tranquilo donde los niños disfrutaron como tales recolectando toda la fruta madura que encontraron. Nosotros nos deleitamos con unos 10 kilos de ciruelas que hicimos en compota, aunque para la segunda recolecta llegamos tarde y ya los pájaros y otros animales habían dado buena cuenta de los otros 10 kilos que dejamos en el árbol.

Aquí algunas impresiones de esta aventura “ciruelil”:

Lo que no pudieron recolectar ni los niños ni los animalillos fueron nuestras patatas, aquí os presento la patata más pequeña de la historia, la mejor guarnición para un salmón al horno:

Las patatas de nuestra cosecha tenían un aroma tan diferente a las patatas compradas, algo totalmente nuevo para mí. A partir de ya solo quiero mis propias patatas :-) A ver si vamos estos días a recoger la segunda tanda.

Supongo que estas semanas publicaré solo en esta sección, pero no os podéis imaginar las ganas que tengo ya de ponerme con las manos en la masa y prepararos alguna recetilla rica, rica. Mi consuelo es que cuando eso sea posible ¡la cocina ya estará terminada! ¡Qué ganitas tenemos ya!

Os mando un abrazo fuerte y espero que este fin de semana sea más soleado allá dónde estéis; en Berlín nos quedamos con un cielo gris, vientos otoñales, hojitas secas por todas partes y lluvias que dejan como único plan apetecible tomar un cafetito tras otro mirando a través de la ventana.

¡Hasta pronto al amor de la lumbre!

Rebanada

July 28, 2012
by cookinberlin
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Pan de Buttermilch y almendras

(al pan, pan)

Después de unas semanas de retraso con el blog vuelvo con mi receta estrella para celebrar que la tremenda obra de nuestra casa está ya casi terminada. Y no solo he tenido abandonadito perdido al blog de mis ojos, sino también a muchos de vosotros que os debo correos electrónicos a tutiplén. Con esta nueva sección de panes y masas prometo ponerme también a la tarea de hornear un par de líneas para todos. :-)

Esta entrada tiene el pan como punto principal, pero al mismo tiempo os contaré cosas interesantes y útiles para que hacer vuestro propio pan no sea simplemente una cosa puntual, sino que pase a ser un básico en vuestras mesas.

Desde hace tiempo iba teniendo ganas de empezar a hablar de aquello que lleva marcando mi paso por la cocina desde hace unos 6 añitos: el pan; mi pan, mis panes.

Más o menos a los dos años de estar en Berlín, una antigua compañera de trabajo me quiso encasquetar su máquina panificadora en cuanto medio dejé caer en una conversación que me quería comprar una. Cuando le quise dar un par de eurillos simbólicos por el traspaso, ella me confesó que realmente le estaba haciendo un favor y que debería pensarme si estaba tan segura de querer tener semejante trasto en casa, que seguro que al final iba a acabar en algún rincón olvidado de la cocina (sí, ese donde está la máquina de hacer pasta junto a la yogurtera).

Total, que después de tomarnos un café a la salud de aquel trasto puedo decir con orgullo que jamás 10 euros fueron más bien amortizados en toda la historia de nuestra moneda común.

Mi ritmo medio será de un pan por semana. La primera panificadora pasó a mejor vida, pero vino a ocupar su lugar un modelo idéntico del cual intentaré no separarme, siempre y cuando la locura optimizadora del ingeniero de turno me lo permita. ¡Dichosa manía de sacar siempre nuevos modelos y descatalogar antiguos!

Otro punto de esta entrada es intentar aconsejaros en la compra de una máquina panificadora. Hoy en día existen varios modelos, hablo por supuesto de Alemania, pero ya incluso en España se van encontrando más a menudo y supongo que ya no le miran a uno raro al pedirlo en una tienda de electrodomésticos.

Me consta que gracias a un supermercado germano ya muy extendido por el extranjero es posible comprar una o dos veces al año dicha máquina, incluso venden ahí las mezclas ya preparadas para hacer panes, dicho sea de paso que soy totalmente contraria a usar dichas mezclas: hacer un pan con los ingredientes más básicos sale mucho más barato, es mucho más divertido usar un poco la imaginación y nada iguala la sensación de probar la primera rebanada de tu pan recién hecho.

Las máquinas panificadoras son muy prácticas, no solo ya para hornear, sino para amasar cualquier masa que luego vayáis a hacer en el horno (pizza, panecillos, etc). Navegando por Internet ¡hasta encontré esta receta de arroz con leche en panificadora!

Hoy en día se sabe mucho más del pan hecho en casa; no hay más que ponerse a buscar un poquito por Internet y salen recetas a puñados. ¡De lujo! Incluso están los más valientes que hacen su masa madre y todo. Ésa es mi cuenta pendiente, tener siempre masa madre en casa, cuando me ponga con esa tarea prometo compartirlo con todos, ahora no olvidemos que tenemos armada una grande con la obra en casa. 😉

Mi consejo básico para comprar una máquina de hacer pan es que tenga dos ganchos para amasar. Las hay con uno también; estas máquinas tienen la ventaja de que son más estrechas y por lo tanto son más fáciles de tener en la cocina.

La máquina con dos ganchos es más grande, sí, pero el pan siempre, atención: SIEMPRE os va a salir bien, mientras que las máquinas de un gancho pueden ser un poquito frustantes al principio si el pan no sube, y es que el pan tiene más camino que subir en las de un gancho que en las de dos; pinchad aquí para ver una máquina como la mía con dos ganchos o aquí para ver cómo es la que solamente tiene uno.

Siguiente punto importante de esta entrada: la levadura. Al principio hacía más panes con levadura fresca, pero luego he de admitir que me resulta más cómodo comprar muchos paquetitos de levadura química de una vez y no estar siempre viendo si tengo o no levadura fresca. Y eso que los cuadraditos de levadura fresca se pueden congelar y luego se pueden utilizar como si nada. En fin, habrá opiniones de todas las formas y colores, pero yo os dejo la más práctica, que es de lo que se trata este blog. :-)

No sé dónde leí una vez que esa equivalencia que se encuentra por todas partes de que los 14 gr del cuadradito de levadura fresca equivalen a los 5,5 gr del sobre de levadura química era absolutamente falsa porque la levadura química era mucho más fuerte y se necesitaba mucho menos para que las masas subieran. Bien, pues así es y yo os aseguro que mis panes los hago con una cucharadita escasa de levadura y me salen esponjosos y hermosos:

Por cierto, la levadura química para pan no es la levadura Royal; la levadura Royal es para bizcochos y magdalenas. Todavía recuerdo mis primeras magdalenas que hice con levadura de pan: ¡me salieron todas huecas!

Hay que asegurarse de que compramos la levadura adecuada; en Alemania es más fácil porque cada una tiene un nombre, pero me consta que en España es cada vez más fácil porque la gente poco a poco se va animando a hacer su pan en casa. Hace no muchos años encontrar levadura de panadero era toda una odisea. Me pregunto cómo será en otros países…sé que en inglés también existe una palabra diferente para cada levadura…en fin, ¡que me desvío del tema!

El pan que os dejo hoy lo hice con Buttermilch, que viene a ser como un estilo de Kéfir muy típico en Alemania; parece un yogur natural líquido con un sabor un poco más ácido que se bebe mucho en verano con zumos de fruta o que se utiliza simplemente para hacer dulces y darle a la masa ese aroma típico del yogurt. En wikipedia lo han traducido como “suero de mantequilla”, cosa que jamás había escuchado hasta hoy, pero seguro que en el Lidl lo podréis encontrar sin problema, si no pues con Kéfir y punto.

Para hacer pan da igual qué líquido le pongáis. Os va a salir un pan delicioso ya sea con agua, leche, zumo etc etc Lo único que habrá que tener en cuenta que si, por ejemplo queréis hacer un pan única y exclusivamente con yogurt, seguramente necesitéis un chorrito de agua extra para que la masa quede en su punto y se puedan mezclar los ingredientes perfectamente o un simplemente un poco más de yogur.

¿Cómo sabemos que la masa de pan está en su punto? Cuando la tocamos y no se nos queda pegada en las manos. Tampoco hay que pasarse y hacer una masa tan seca que nos sirva para alicatar el baño, a ver, habrá que tener paciencia y hacer muuuuchos panes hasta que entendamos un poco cómo funcionan las masas.

Habrá momentos de frustación porque el pan os haya salido en formato ladrillo porque no subió mucho o cuando la masa se nos haya quedado excesivamente líquida y comprobemos que todavía está crudo al cortarlo…en fin, no olvidés que serán momentos necesarios para el aprendizaje y para ser los perfectos panaderos.

Antes de daros la receta de este pan me gustaría daros la receta básica que siempre sale y que siempre hago cuando no tengo nada en casa más que harina y levadura, y de paso os cuento un par de cosas más sobre cómo hacer pan.

Receta básica de pan:

250 ml de agua

una cucharadita de levadura química

una cucharadita de miel

un chorrito de aceite de oliva

500 gr de harina (siempre uso integral de espelta)

una cucharadita de sal

Cosas a tener en cuenta: en la máquina panificadora se deben echar primero los ingredientes líquidos y luego el resto, eso sí: no se debe mezclar la sal con la levadura; cosas que lee una y que se cree a pies juntillas, y es que ¿qué cosa hay más bella que un ritual? 😉

La miel se puede substituir por azúcar o incluso omitir completamente, pero ayuda a la levadura a actuar (no olvidemos que es un hongo…claro que seguro que la levadura química tiene de hongo lo mismo que yo de votante del PP); otra de las cosas bonitas que leí sobre el horneado de pan y que sí he podido comprobar es que la miel le da un color más tostadito. A falta de credo, buena es una rebanada de pan.

Como habréis leído en la receta básica de pan, normalmente se echa el doble de líquido que de harina, aunque he de reconocer que hay veces que le tengo que echar una cucharadita extra de harina porque la masa la veo muy líquida o al contrario, hay veces que se me queda muy seca la masa y le echo un chorrito extra de leche o aceite de oliva, y es que la harina nunca es igual.

La harina integral necesitará un poco más de líquido, por eso le viene muy bien ese chorrito de aceite de oliva, pero luego a mí me ha pasado que comprando la misma harina en el mismo sitio hay veces que los panes me salen diferentes. Como diría un buen amigo mío: ¡es lo que tiene! 😉

Con Buttermilch utilicé exactamente la misma medida de harina que de líquido; por su consistencia más espesa que otros líquidos, se mezcló perfectamente en la panificadora.

Bueno y ahora ¡vamos al fin a la receta del pan de Buttermilch y almendras! Aquí os dejo la receta en el orden que se deben echar los ingredientes en la panificadora:

500 ml de Buttermilch

una cucharadita de levadura química

una cucharadita de miel

un chorrito de aceite de oliva

500 gr de harina (claro, integral de espelta)

una cucharadita de sal

100 gr de almendras (u otro fruto seco)

Opcional:

1 cucharadita de copos de mijo, polenta y de salvado de trigo

10 gr de chía

Sí, con el último ingrediente seguro que os habréis quedado locos, os explico un poco: hace unos meses vi un paquetito de estas semillas de chía que prometían ser ricas en omega 3, no pude resistir la tentacón de comprarlas y las echo de vez en cuando a los panes, a las ensaladas, al muesli, etc Por supuesto que no son necesarias para este pan, pero quería explicaros qué son esos puntitos oscuros que se ven en el pan; la chía parece como semillas de sésamo oscuras, más bien negras. Quizá ya habréis notado que los otros cereales opcionales los uso muchísimo en todas mis masas, y es que las dejan mucho más esponjosas. ¡Tenéis que probarlos!

Preparación:

La máquina de pan nos ahorra el amasado y, sobre todo, los tiempos de levado. Los panes los hago siempre en el programa “rápido”.

Dependiendo de la máquina que tengamos tendréis diferentes programas. Yo al principio usaba mucho el programa para “integral”, pero no siempre salía la forma que me gustaba; el pan sí que subía mucho, pero en la recta final del horneado se caía y no era lo que yo quería. Si os habéis comprado una panificadora y tenéis alguna duda, no dudéis en contactarme.

Si vamos a hacer el pan a mano tendremos que mezclar bien, con empeño y fuerza al final cuando la masa vaya endurenciéndose. Dejaremos reposar una media hora en un lugar templado tapado con un paño de cocina.

Prepararemos un molde con la forma que queramos darle y después del primer levado pondremos el pan en él. Ahí dejaremos que el pan repose otra media hora y a continuación precalentaremos el horno con calor arriba y abajo a 220º.

Hornear unos 30 minutos, siempre controlando a partir de los 20 minutos porque cada horno es un mundo.

El pan hecho en la máquina quedó delicioso, apto para salado y para dulce, blandito, esponjoso..vamos, que no será el último que haga, que ya tengo otro bote de Buttermilch en la nevera.

Otro dato interesante sobre el pan que yo no sabía es que realmente no deja de estar cien por cien hecho hasta pasadas 24 horas después de su horneado. Es cierto que no hay nada más rico que un trozo de pan recién hecho, calentito, pues bien, tendremos que tener cuidado porque puede que hasta nos haga daño al estómago ya que el proceso de fermentado continúa.

Según escribo esto estoy pensando en la desfachatez que me parece que los panes que compramos en los supermercados españoles (no sé cómo será en otros países) estén más duros que una piedra pasadas 24 horas desde su compra. Otra monstruosidad es ver los ingredientes que tienen las barras de pan que compramos en los supermercados; ¿cómo puede llegar a tener un par más de 15 ingredientes y estar duro y seco como la mojama al día siguente? ¡Pero si con agua, levadura, harina y sal ya tenemos un pan de lujo que nos durará de 3 a 5 días blandito si lo guardamos bien en una bolsa de plástico! Terrible.

Ahora ya sabéis por porqué, incluso estando en Alemania, el país con los mejores panes del mundo, yo prefiero hornear mi propio pan. ¿¿No es algo casi celestial??

Con este pan también aprovecho para enseñaros el pañito que nos compramos en nuestra última excursión a Warnemünde, preciosa ciudad a orillas del mar Báltico.

Este verano está lloviendo tanto por aquí que las excursiones con las bicis que tanto nos gustan van a tener que esperar un poco. En fin, al menos es la temperatura perfecta para dar de llana a las paredes de nuestro nuevo salón. ¡No os penséis que la diferencia entre mezclar un cubo de cemento y la masa de un pan es tan grande! ¡De verdad!

Me despido como siempre deseándoos un estupendo fin de semana y un mejor horneado; si aún no tenéis la máquinita para hacer pan, no os perdáis la sensación de hornear un pan que hayáis amasado con vuestras propias manos, ¡que horno seguro que sí que tenéis!

¡Cuidado! ¡Es altamente adictivo! Yo ya os he avisado, que conste. :-)

Y desde Salvador de Bahía, Brasil, me llegaron las primeras fotos de este pan con esta pinta tan estupenda. ¡Gracias de corazón a Jesús y a Janine!
¡El paisaje de fondo le sienta muy bien al pan casero!


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June 28, 2012
by cookinberlin
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Paté vegetal

(y tal)

Recién regresada de pasar unos días por Madrid vuelvo a los fogones de mi teclado. Al mirar la fecha de mi última receta me he dicho que no podía dejar pasar más tiempo, a pesar de que al llegar a Berlín nos hemos visto invadidos por la inmensidad que supone tener obras en casa.

Antes de este viaje fui previsora y dejé preparadas un par de fotitos de mi última creación, así que hoy me dedico a escribir y a contar el por qué de esta receta. De todas formas la cocina la tenemos un poco patas arriba, así que no sé si podré tirar mucho de archivo de fotografías de recetas ya hechas para presentaros o si realmente tendré que hacer una pausa (otra pausa) en el blog, a ver qué pasa.

Antes de nada, como ya habréis notado, la foto de cabecera ha cambiado y es que desde que vi la foto que D. hizo en nuestro jardincito ¡supe que tenía que ser mía! ¡Dan ganas de pegarle un mordisco a esa fresa silvestre que rebosa alegría! Ya me diréis qué os parece. Ya que toco el tema del jardín os cuento que ya hemos recolectado nuestras primeras cerezas, desde las dulces picotas que le alegran a uno la cara con tanto antioxidante, a las cerezas ácidas que solo se dejan comer en forma de mermelada o dentro de algún dulce pastel. Los melocotones, las peras y las ciruelas siguen madurando apaciblemente en sus respectivas ramas y nosotros desde abajo lanzamos miradas al cielo para que nos mande un poquito de sol, lo justito para que nos endulcen alguna de nuestras excursiones al jardín en los próximos meses.

He pasado de ser chica de ciudad a descubrir el milagro de la naturaleza, la alegría que despierta la explosión de sabor de las grosellas recién recolectadas, el ver cómo los brotes de convierten en tallo y las hojas en flor, anunciando la inminente llegada del fruto. La paciencia que requiere el seguimiento de este proceso tan natural como la vida misma y tan olvidado en el camino hacia las estanterías de los supermercados.

La receta de hoy es un homenaje a todas las posibilidades que nos dejan las verduras, ese regalo de la tierra, y espero que sirva de inspiración para los escépticos que se echan para atrás cada vez que se menciona la palabra “vegetal” o “vegetariano”. También espero que sea compatible con las temperaturas que dejé en Madrid al irme y el clima que me recibió en Berlín al llegar; pasar de 43 grados a 15 fue duro, pero se dice y se comenta que mañana tendremos un ambiente más veraniego por estos lares; mi pregunta en estos últimos tiempos es dónde narices quedó el término medio. Y no me refiero solo al tiempo.

En fin, éste es un paté que también podríamos haber bautizado pasta o crema vegetal para untar, lo importante es que, como casi siempre en mis recetas, tendremos una receta base que podremos variar según nuestros gustos y que podremos casi aprender de memoria para improvisar algún día que no sepamos qué poner de aperitivo, de merienda o incluso de cena.

Resulta muy ligera; por otro lado, los que se me echan para atrás al ver más de tres ingredientes deben saber que es muy fácil de preparar y que con un par de truquillos y alternativas que marcaré en negrita podréis hacer vuestra propia invención sin tener que usar todos y cada uno de los ingredientes que os cuento. Lo importante, como en cada receta, es entender la intención que existe detrás; en este caso mi intención es que podamos disponer de algo diferente para untar en el pan, algo que no sea ni queso ni embutido y que al mismo tiempo resulte exquisito y original.

Mi paté vegetal tiene los siguientes ingredientes para la base:

1 pimiento rojo

media cebolla

un trocito de raíz de gengibre

una cucharadita de especia curcuma o curry

1 diente de ajo

una cucharadita de copos de levadura de cerveza

media chirivía pequeña/zanahoria pequeña

1 hoja de apio de monte/un trocito de apio

una cucharadita de aceite de oliva

sal al gusto

La chirivía la descubrí en Berlín y viene a ser como una zanahoria blanca de parecido sabor a la zanahoria tradicional. Merece la pena preguntar en la frutería porque le da un toque estupendo a muchos planos. Si no la encontráis, zanahoria bastará.

El apio de monte es otra de las sorpresas que nos encontramos un día en una esquina de nuestro jardín; no lo conoceréis, pero se dice que es el ingrediente secreto de las pastillas de caldo Maggi, aunque la empresa ya confirmó que sus pastillas no contienen ese ingrediente. Tiene forma de perejil pero más grande y sabe a apio pero un poco más fuerte, por lo que con una hojita se consigue un sabor muy intenso.

La alternativa será echarle un poquito de apio. Conozco a mucha gente a la que el sabor excesivo del apio no le gusta mucho, por eso hay que tener cuidado y no pasarse. Ante la duda no le echaremos nada y punto; la cebolla y el ajo ya desempeñan un papel importante en la receta.

El ingrediente que le dio el sabor principal a nuestro paté fue el garbanzo; pero ¿por qué de nuevo garbanzo si hace poco hice la receta de hummus? Bueno, principalmente por la textura que deja, pero ahí podríamos incluir todas las legumbres que se nos ocurran; este paté estará exquisito también si lo hacemos con lentejas o con judía pinta o frijol.

Si no queréis hacer un paté con legumbre porque no os cuadra con el resto del menú o porque no os apetece o no os gusta, aquí tenéis un truquillo para darle la consistencia de paté y que no se os quede muy aguado si le echáis cualquier otro vegetal (queda riquísimo con tomates secos o naturales, con rúcula, con rábano, etc etc etc), es echarle cualquier fruto seco a la hora de pasarlo por la batidora; podéis hacerlo desde con pipas de girasol o anacardos, lo que queráis, simplemente tened en cuenta que algunos frutos secos le darán un sabor más intenso que otro, como por ejemplo las nueces o los pistachos. El fruto seco más neutral para espesar vuestro paté vegetal será la pipa de girasol; mi paté no necesitó otro tipo de espesante porque con el garbanzo quedó perfecto.

Los copos de levadura de cerveza intensifican el sabor al mismo tiempo que aportan una cantidad impresionante de vitaminas. También ayudan a espesar el conjunto. Si no lo encontráis tampoco es imprescindible, pero seguro que en cualquier herbolario lo encontráis.

Es verdad que muchos patés se espesan con fécula de patata, pero esa es una forma de añadir hidratos de carbono que no necesitamos en esta receta para nada.

Preparación:

De nuevo tenemos la rápida preparación en microondas o en sartén para los que no quieran tocar dicho electrodoméstico ni en sueños.

Cortamos el pimiento y la cebolla en trozos pequeños o en láminas, rociamos con un chorrito de aceite de oliva y cocinamos en el microondas unos 5 minutos o en la sartén a fuego lento hasta que esté cocinado; puede quedarse un poco crudo sin problema.

Añadimos el diente de ajo y el resto de los ingredientes y lo pasamos con la batidora. Si hemos decidido hacerlo con legumbre cocinaremos la legumbre según lo indicado en el paquete y la batiríamos junto a la anterior mezcla; la versión rápida sería utilizar legumbre ya hervida de bote.

Si hemos decidido hacer un paté vegetal con tomate, rúcula u otro vegetal notaremos que se nos queda un poco líquido, entonces tendremos que ir echando por ejemplo pipas de girasol sin sal, peladas se entiende, e ir batiendo poco a poco hasta lograr la consistencia adecuada.

Al final condimentamos el paté con el curcuma o curry y la sal y tendremos que probar para ver lo fuerte que lo vamos a querer. A nosotros nos encanta el curry, así que no nos importa si nos queda fuertecillo.

Para los más valientes podéis echarle algún picante extra para activar el metabolismo de vuestros comensales 😉

Esta foto quedó un poco borrosa, pero tenía unas ganas locas de enseñaros el cuenquecito iraní que me regaló mi querida amiga Ilka:

Esta es una de esas recetas de las que se puede hacer el doble de cantidad ya que os ponéis a cocinar porque luego se conserva estupendamenete en la nevera; podríais hacer el doble de cantidad del paté base y luego combinar con los vegetales que os apetezcan y tener un par de patés diferentes y originales para cada día: uno de garbanzo, otro de rábano con manzana, de remolacha…

Espero que os animéis a probar esta sencilla receta que no tiene mayor complicación que hacer una crema espesita de verduritas y untar en un buen pan. ¿Será esta la receta que me anime a empezar la sección de panes y masas en el blog?

Por el momento yo ya me voy despidiendo, no sin antes dedicaros la frase que escuché, leí o soñé estos días por los madriles:

“No pospongas la alegría”.

Así que venga, ¡todo el mundo a la cocina que se acerca el fin de semana! :-)

Tiramisú

June 3, 2012
by cookinberlin
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Falso tiramisú

(de tiramisú nada, monada)

Después de una larga pausa, vuelvo con un postre rápido, fresco, ideal para el verano. Me ha quedado una frase digna de cualquier campaña publicitaria, pero es que así es y así os lo voy a contar.

En estas semanas por Berlín ha pasado de todo: desde el Carnaval de las Culturas hasta una fiesta en casa para celebrar la futura maternidad de mi querida amiga Davorka. Estos dos acontecimientos inspiraron mi receta del falso tiramisú, todo eso fue debidamente aliñado con las altas temperaturas que tuvimos hace unos días (33 grados en Berlín es algo insólito).

Imaginaos quitar el mascarpone del tiramisú y sustuirlo por el sabor del queso tipo Quark o yogur griego, con este simple gesto os queda un postre maravilloso para las tardes de verano en las que nadie sabe si seguir agarrado a la botella de horchata o salir corriendo a la piscina municipal y además, es un tiramisú apto para embarazadas. No, yo tampoco sabía que las embarazadas no podían tomar mascarpone.

El queso tipo Quark tan típico en Alemania se ve cada vez más en España (y seguro que también en otras partes del globo), entre otras cosas gracias a los supermercados alemanes que se han ido abriendo por las esquinas más insospechadas. Realmente merece la pena descubrirlo; su textura da mucho juego: con un chorrito de leche y una cucharadita de mermelada tendréis un yogur irrepetible, echándole un par de cucharadas a la masa del bizcocho conseguiréis un aroma más intenso que con el típico yogur o leche. La variante que utilizo por aquí es la que no tiene casi grasa, ¡otro punto a su favor! Con un poquito de imaginación también podremos sustituir la nata por Quark, estando un poco pendientes según la textura que queramos conseguir.

Hace tiempo leí una entrevista a una cocinera que decía que el motivo por el que no existían muchas mujeres chef era porque la mujer se enfrenta a los fogones con la “calculadora de las calorías” en mente y así era imposible crear buenos platos. En fin, sobra decir que no estoy del todo de acuerdo; después de ver un par de programas en los que se seguía el día a día de un par de chefs archifamosísimos, como que me quedó claro que ese ritmo de trabajo es imposible soportarlo sin la testosterona por las nubes. Tanta competitividad no creo yo que pueda ser buena para cocinar cosas razonables. O digo yo, ¿cuántos de vosotros pagaríais no sé cuántos euros por comer espuma de cocido madrileño? ¿y de fabada asturiana? En fin, yo simplemente ofrezco un par de recetillas sanas de esas que hasta el mismísimo señor Redzepi se comería a escondidas; seguro que porque soy mujer y porque la guía Michelín todavía no ha llamado a mi puerta, tiempo al tiempo 😉

Empezamos con el falso tiramisú y acabaremos con una pequeña variación que, como no, también está para chuparse los dedos. Como veis, en todo este tiempo no he parado de experimentar :-)

Ingredientes para cuatro personas:

200 gr bizcochos para tiramisú

(los que siempre quedaban al final en la caja de surtido Cuétara)

500 gr queso tipo Quark

25 gr azúcar por cada 500 gr de Quark

(si se quiere más dulce admite doblar esta cantidad)

café soluble

una cucharada de azúcar

30 gr mantequilla

(o aceite de oliva, sí, sí)

25 ml leche

cacao en polvo

Preparación:

Os doy los ingredientes para cuatro personas, pero yo hice justo el doble de cantidad para el molde grande que tengo.

¡Manos a la obra!

Mezclamos con la batidora el Quark con la leche y el azúcar.

Según nos decidamos por echar mantequilla o aceite de oliva, añadimos los 30 gr de mantequilla derretida o tres cucharadas soperas de aceite. Con esto añadimos grasa a la receta, punto importante para añadirle sabor. Si vemos que queremos una versión más ligera de la receta podemos añadir menos grasa y potenciar el sabor con ralladura de limón o incluso un poco de canela, pero eso ya queda a vuestra elección.

Preparamos un vasito pequeño con café, más o menos como un cortado doble y le añadimos una cucharada de azúcar.

Colocamos la primera capa de bizcochos en el molde.

Y echamos por encima la mezcla de café dulce.

A continuación extendemos por encima una capa de la mezcla de Quark que hicimos al principio y cubrimos todos los bizcochos con una espátula.

Volvemos a poner otra capa de bizcochos por encima hasta cubrir toda la superficie.

Y repetimos el paso anterior con el Quark.

Intentaremos que la última capa de Quark nos quede lo más presentable posible; que se note el trabajo hecho a mano :-)

Con ayuda de un colador (yo no tenía ningún utensilio más refinado) espolvoreamos por encima el cacao en polvo mezclado con una cucharadita de granos de café soluble.

Dejamos reposar en el frigorífico hasta el día siguente y ¡ya está listo para la merienda, el postre o incluso el desayuno!

Es posible que la superficie se agriete por algún sitio al sacarlo del frigo; este detalle realmente no es importante, pero si queréis cuidar la presentación de vuestro postre lo que podéis hacer es no espolvorear el cacao y el café hasta el momento de servir y tapar las grietas al día siguiente con un poquito de la mezcla del Quark y dejar fuera del frigorífico hasta la hora de servir. Este último paso lo aplico a casi todo lo que tengo que sacar del frigorífico para que tenga una temperatura más agradable a la hora de comer con todo su sabor intacto.

La variación del falso tiramisú que os propongo y que realmente está deliciosa es la siguiente; solamente hay que hacer un pequeño cambio en los ingredientes:

Necesitaréis más bizcochos porque tiene una capa más, por lo que también lleva medio paquete más de Quark y también más azúcar, café y cacao en polvo.

Dividiremos la misma mezcla de Quark que hicimos en la receta original en tres partes:

Una la mezclamos con café soluble o hecho en cafetera, otra la mezclamos con cacao en polvo y la tercera parte se queda en su estado “original” solamente con el Quark, el azúcar, la leche y la mantequilla o aceite de oliva.

Repetimos todos los pasos de la receta, pero extenderemos la primera capa con la mezcla de Quark con café, la siguiente con la de cacao y la última solamente con la mezcla del Quark. ¡Simplemente delicioso!

Si os animáis a preparar este falso tiramisú, os sorprenderá la reacción de vuestros invitados; hasta ahora todo el mundo que la ha probado ha dicho que está mucho más rico que el original, es más ligero y la conciencia está más tranquila al no tomar un mascarpone con un 40% de grasa, por no hablar de la dosis extra de calcio que tendréis.

Para los que no toleréis la lactosa, hoy en día existen muchos productos lácteos sin lactosa y también ando detrás de la idea de hacer alguna variación del falso tiramisú con algún tipo de tofu suave. ¡A ver cuándo me animo!

Espero que esta receta no os dificulte mucho la “operación bikini”.
Yo me despido con una simple pregunta: la espuma de cocido, ¿tendrá las mismas calorías?

¡Buen comienzo de semana!

 

Pesto primaveral

May 12, 2012
by cookinberlin
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Pesto

(verde, que te quiero verde)

No pensé que me fuera a pasar tan pronto. Pensé que me quedarían muchas recetas por enseñaros hasta llegar a este punto. Pero ya ha sucedido, ¡he encontrado mi receta favorita!

Todo sucedió, como todas las cosas buenas, fruto de la casualidad: quedé a comer en casa de una compañera de trabajo y ella fue la que propuso prepararlo. Al principio no le di nada de importancia ya que el plato me resultaba conocido y sabía lo que me esperaba al final del proceso.

Lavamos las hojas de albahaca, preparamos los piñones, mezclamos ingredientes, todo esto siempre acompañado de cháchara, mucha cháchara (ingrediente secreto de muchos de mis platos) y al final, cuando los platos estaban servidos seguí sin prestarle mucha atención al contenido. Vamos, que el tema está en que ¡me pilló desprevenida!

El aroma de esa albahaca picadita mezclada con el intenso aceite de oliva hizo que casi me cayera de espaldas. Prometí en ese mismo momento preparar mi pesto en casa el fin de semana. Y así fue.

Todo un reto para mí realizar algo tan conocido, tan sencillo y con tan pocas posibilidades de cambio en la receta, bueno, pues aún así, hubo modificaciones, pocas, claro está, porque tampoco hay muchos ingredientes.

En este post os cuento cómo realizar la versión clásica del pesto con mi pequeña modificación, también os comentaré todas las variaciones que existen de esta salsa  y después hablaré un poco sobre el tipo de pasta que usé esta vez.

¿Empezamos?

Ingredientes:

hojas de albahaca fresca

queso viejo tipo parmesano

aceite de oliva

piñones (50 gr)

un diente de ajo

sal

Preparación:

Muchas veces nos encontramos pasos en la cocina que resultan más parecidos a alguna terapia de relajación que a lo que siempre tuvimos en mente al pensar en la gastronomía. En esta receta encontraremos varios pasos que requieren dedicación y mucha delicadeza.

Preparamos un manojo de hojas de albahaca fresca; podéis tomar un manojo grande tranquilamente, porque la salsa que os sobre se conservará perfectamente unos días en el frigorífico.

Lavamos la albaha y sobre una tabla empezamos a picar con un cuchillo bien afilado. Muchos se preguntarán si se puede hacer con algún tipo de picadora automática, la respuesta es “sí, pero…”: lo interesante de vuestro pesto casero va a ser precisamente que se note el trabajo a mano, que las hojas no queden hechas un puré, sino que las podáis masticar, que haya una diferencia con el pesto comprado.

Echaremos las hojas bien picaditas en un recipiente, quizá directamente en el bote donde vayamos a guardarlo.

En un mortero machacamos los piñones. Como cifra orientativa he puesto 50 gr, puede ser que quieras hacer más pesto y hayas utilizado más albahaca, ¡o menos! La verdad es que 50 gramos de piñones como cifra orientativa no es excesivo, así que no os podéis equivocar. Si no tenéis la paciencia de machacar los piñones en el mortero, aquí sí está permitido picarlos en algún cacharro de cocina.

Los ajos los cortamos en trocitos y seguimos los mismos pasos que con los piñones: mortero o picadora.
Vamos echando todos estos ingredientes picaditos en el recipiente con la albahaca y cubrimos toda la mezcla con el mejor aceite de oliva que tengamos.

Esta salsa tiene parmesano rallado, pero en mi entusiasmo por prepararla me di cuenta de que no tenía parmesano en casa, y aquí llega mi pequeño gran cambio en esta receta. Pensando y pensando caí en que tenía un trocito de mi queso preferido que se había secado un poco porque no lo había tapado bien, estoy hablando, por supuesto, del queso payoyo que descubrí hace unos años y que me tiene en un sin vivir :-) Bueno, pues rallé un poco de este queso, pensando si me iba a cargar la salsa y al mismo tiempo iba a desperdiciar un trozo de esta joya, pero no, el pesto salió rico, no, riquísimo, y de hecho no sé yo si haría el pesto de nuevo sin payoyo.

Al echar el queso rallado a la preparación observaremos como la mezcla se va espesando al remover; antes de echar sal es mejor probar un poco la mezcla para ver cómo os ha quedado de sabroso. Normalmente sí que necesita sal, pero para los que estéis acostumbrados a cocinar con poca sal veréis que no os hará falta ni una pizquita porque queda muy sabroso así, sin nada.

¡Y así quedó nuestro plato!

En el mercado existen diferentes tipos de pesto; muchos cambian la albahaca por otro tipo de hoja verde, por lo que podemos encontrar pesto de rúcula o de una hoja que traducida al español tiene un nombre precioso: ajo del oso (Bärlauch en alemán) Por otro lado se encuentran también especialidades en las que usan otro tipo de fruto seco en vez de piñones; yo ya estoy deseando hacer mi próximo pesto con mis queridos anacardos, pero con nueces, avellanas o almendras tiene que estar delicioso también. Existe también la versión vegana que lleva copos de patata en vez de queso. ¿Alguien da más?

La pasta que véis aquí es de un cereal desconocido por muchos, pero que poco a poco se encuentra en supermercados ecológicos por Berlín; de nuevo la gran duda, ¿dónde narices se podrá encontrar esto en vuestra ciudad? Siempre os mando al herbolario, pero en este caso ni siquiera sé si ahí lo tendrán. Se trata del kamut, una variante antigua del trigo y que destaca por su color dorado. De sabor resulta más sabroso que el trigo, pero eso es fácil de conseguir, y yo encontré pasta en su variante integral que acompaña fabulosamente al color verde del pesto.

A los que sean más sibaritas con la pasta os aconsejo los espagueti más finos que encontréis, eso sí, tienen que ser de muy buena calidad, porque si os habéis tomado el tiempo de preparar el pesto con tanto amor, deberíais darle un escenario de calidad.

Mi primer pesto casero lo tomé con los espaguetti llamados capellini de una conocidísima marca de pasta italiana y la verdad es que estaban de lujo. Aún así yo, claro, no los cambiaría por la versión integral de kamut o espelta, pero para los que queráis una pasta más fina de toda la vida, los capellini serán vuestra mejor opción.

Espero haberos dado una buena idea para el menú del domingo; con la llegada de la primavera no hay nada como ver en el plato algo con un verde tan intenso y con un aroma que no te deja indiferente.

Ya sé que ya lo dije en alguna que otra receta, pero esta vez es incluso mejor, el sentimiento de felicidad que da este plato. ¡Totalmente recomendado para los bajones primaverales!

Verde, que te quiero verde… ¡ verde pesto, pesto verde! :-)

Ruibarbo

May 5, 2012
by cookinberlin
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Bizcocho de ruibarbo

(cosas ricas con nombre extraño)

Esta semana ha sido de lo más entretenida. Empezó con la ansiada visita desde Euskadi el fin de semana y siguió con puente del primero de mayo. Desde hace ya unos cuantos años organizamos un picnic el 1 de mayo; la pasión de los berlineses por los picnics en alguno de los parques de la ciudad es algo que uno no espera en una gran ciudad. Aquí en cuanto sale un rayo de sol merece la pena echar un vistazo por las zonas verdes para ver lo bien que improvisan una merendola estos alemanes. Dentro del comer al aire libre, el sueño alemán va enfocado hacia la barbacoa, pero esto parece que se está frustrando un poco ya que van quedando menos parques en los que se permita cocinar con fuego, no por el hecho de que haya peligro de incendio, si no que realmente la cantidad de basura que solía quedar como prueba del delito era algo que al final ha traído sus consecuencias. Aún así el berlinés de a pie siempre estará dispuesto a comprar unas cervecitas en el puesto de la esquina, un kebab en el puesto turco de al lado y tirarse en el césped con o sin manta, con o sin amigos; el hecho de que al día siguiente puedan bajar las temperaturas radicalmente hace que el ser social pase a un segundo plano cuando se trata de aprovechar esos rayos de sol que calientan el espíritu.

Nuestros picnics han tenido un poco de todo, hemos llegado a tener a casi todos nuestros amigos reunidos, algún otro año hemos sido “dos gatos” y este año ha sido interesante reunir a gente que no tenía nada que ver, pero que conectó en seguida gracias a los 30 graditos y a los manjares que vinieron muy cómodamente empaquetados hasta llegar a su destino. Hubo cháchara, risas, muchas cositas diferentes para comer, cosas más conocidas para beber y de vez en cuando tuvimos que echar mano de la crema solar porque el sol pegó fuerte.

Casualidades de la vida, en ese día aprovecho también para celebrar en la distancia el cumpleaños de dos de mis tíos :-)

Prometí ir enseñando poco a poco los platos que preparamos para el picnic, así que hoy empezaré con algo dulce, más que nada porque la receta me dará pie a muchas cosas: primero a hablar de un vegetal muy conocido por estos lares y que seguro que alguno de vosotros no habréis oído en vuestra vida, después os contaré cómo hacer una masa de bizcocho muy socorrida que, gracias a un truquillo, siempre sale bien y al final os comentaré un uso extra del ingrediente principal de este bizcocho. Como véis, os espera una entrada intensa, pero intentaré organizarla bien.

Empezamos con el ingrediente especial de hoy: el ruibarbo. Gran desconocido para mí hasta hace un par de años, lo descubrí en Berlín y todavía me llama la atención que alguna de las visitas que voy teniendo sí que lo conoce y otras, como yo, no han oído hablar de él jamás.

Aquí se puede comprar en cualquier sitio cuando está de temporada y nosotros somos unos afortunados porque lo tenemos en el jardín. Para los que no lo sepáis, tenemos un jardincito desde hace unos meses y estamos fascinados viendo lo que va creciendo; poco a poco os iré comentando las verduras y frutas que vayamos recolectando.

Entre las propiedades del ruibarbo destacan su alto contenido en vitamina C, hecho que confirma su sabor ácido. Es una planta preciosa, con una hoja verde muy grande y un tallo grueso rojo; la única parte comestible es el tallo, la hoja, por muy bonita que sea, es tóxica.


Es típico encontrarlo en pasteles, bizcochos o compotas; nosotros hicimos un bizcocho facilito de hacer y de transportar porque es un bizcocho bastante compacto, perfecto para desayunos o meriendas.

La masa del bizcocho que elegí fue ésta por su baja dificultad, de hecho la tengo archivada como receta de emergencia por si hay que improvisar un dulce para una visita o excursión.

Ingredientes para la masa del bizcocho:

500gr harina (utilicé integral de espelta)

250 ml leche

150 gr azúcar

1 huevo ecológico

1 sobre de levadura para pan o un cuadradito de levadura fresca (40gr)

una pizca de sal

Preparación:

Batir el huevo y mezclarlo con el azúcar (si se utiliza otro ingrediente que no sea tan ácido como el ruibarbo, 100 gr de azúcar serán suficientes, aunque si sois golosos esos 50 gr extra no están de más). Si tenemos levadura en polvo, la tamizaremos con la harina, si vamos a utilizar harina de panadero fresca la tendremos que deshacer con un poquito de leche.

Mezclamos todos los ingredientes y amasamos con el robot de cocina o con la máquina panificadora, no recomiendo amasar con las manos porque la masa puede quedar un poco pegajosa.

Lo ideal es dejar reposar la masa una hora, pero si no tenemos tiempo podemos seguir con el bizcocho y luego dejaremos reposar el tiempo que tarde en calentarse el horno.

Nuestro bizcocho lo hicimos en un molde de rosca; al echar la masa parecía que no iba a salir un bizcocho alto, pero claro, eso era antes de que creciera.

Después lavamos y cortamos el ruibarbo.

Tras esta primera experiencia con el ruibarbo para el bizcocho, recomendaría cortarlo en trozos más pequeños que los nuestros porque después de hornearlo quedó muy blandito y hubo mucha masa que se quedó sin “tropezón”. Con fruta más dura también recomendaría cortar en trocitos pequeños para que entre más.

Repartimos los trozos de ruibarbo y dejamos reposar una media hora para poder esconder los trozos con la masa.

¡Alguien se nos coló en la foto!


No hace falta precocinar el ruibarbo, como os acabo de decir, al hornearlo se queda muy blando.
En cuanto a la masa, el truco del almendruco que os puedo recomendar para que suba siempre y quede muy esponjosa es echarle dos sobres de levadura. Suena un poco excesivo, pero el resultado merece la pena.
Precalentamos el horno a 180º y horneamos durante 30 minutos. Esto ya sabés que siempre es orientativo y que antes de sacar el bizcocho del horno tendréis que hacer la prueba de pinchar con el cuchillo.

La verdad es que nuestro primer bizcocho de ruibarbo nos supo a gloria y nos dejó con ganas de volver a hacerlo pronto con la cosecha de nuestro jardincito para mejorar un poco la técnica. Os mantendré informados por si acaso actualizo las fotos en las próximas semanas. La foto del trozo de bizcochito en el parque no ha quedado muy nítida, pero así os podéis imaginar en qué ambientillo nos lo tomamos.


Con lo que nos sobró de la cosecha de ruibarbo hicimos compota..¡facilísima! Cortamos los tallos en trocitos, los pusimos en una olla con un dedo de agua y la dejamos cocer a fuego lento hasta que estuvo blandito todo, calculo que unos 20 minutos. Esta compota se puede tomar de mil maneras: simplemente con un poco de azúcar, con yogur y miel, con una bola de helado, como relleno de algún pastel, etc etc etc.

Los deberes que os pongo hoy son ir al mercado y ver si encontráis ruibarbo, estoy segura de que más de uno ya lo había visto alguna vez pero nunca supo para qué era ese tallo rojo chillón que estaba en medio de las verduras y hortalizas.

Y si alguno se anima y hace bizcocho de ruibarbo estos días, ¡quiero foto!

No hace falta decir que al pastel desapareció casi según llegó, y es que no sin razón siempre me sonó el nombre de este vegetal a algún tipo de animal acuático 😉

¡Pasad una buena semana! ¡Con o sin feria!

Verduras cocinadas

April 26, 2012
by cookinberlin
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Verduras exprés

(se acabaron las excusas)

Es que no tengo tiempo, además, cocinar para una persona es que no me compensa. De todas maneras, lo de cocinar verdura no es lo mío, tarda mucho y luego realmente no es que sea lo más rico que digamos. Hay que echarle mucha imaginación para que salga un plato que me apetezca y, repito, ¡es que no me apetece! Cuando llego a casa ya llego muerto de hambre y lo único que quiero es comer lo primero que pille. Lo mejor es si puedo comer algo por el camino; al lado de casa han abierto este sitio que cocinan las verduritas como a mí me gusta y, claro, es tan económico que no me merece la pena ir cargando con la compra….

Y así sigue la conversación de miles de personas en este mismo momento.

Me parece estupendo salir a comer por ahí, no hay nada mejor que apoyar al pequeño restaurantito de la esquina para que uno pueda seguir teniendo su lugar preferido para tomarse su café o su menú del día, pero esto nada tiene que ver con el hecho de que en esta sociedad en la que vivimos ¡la gente ya no sabe qué hacer ni con un calabacín¡ ¿Y con una berenjena? ¿qué hacemos con la berenjena? Por no hablar de la cantidad de verduras que pasan desapercibidas o que ni queremos mentar porque solamente nos traen traumas del comedor del cole: coliflor, brécol, guisantes, lombarda… Y eso que tengo que reconocer que también tengo una lista de verduras “non gratas”, las mismas que siguen sorprendiéndome en muchas ocasiones cuando voy a comer a casa de alguien y justamente las ha cocinado para la ocasión, eso sí, son pocas. Pensándolo un poco creo que solo tengo en esa lista a las acelgas, las judías verdes y las alcachofas, es lo que hay.

En esta entrada también quiero crear un poco de polémica con el uso del microondas, ese aparato que tanto detractor tiene. Pertenezco a las personas que crecieron sin microondas en casa y que tuvo el primero a los 26 años y porque me llegó incluído con la mudanza de D. al primer pisito que compartimos, si no, creo que nunca me habría comprado ninguno, simplemente por la falta de costumbre.

Mis primeros contactos con el cacharro aquél fueron los clásicos de calentar leche y punto. Poco a poco descubrí lo rico que salía el muesli si lo medio hervías un rato más de la cuenta y ahora mismo, aunque me sigo pudiendo imaginar la vida sin microondas, es verdad que le doy un uso interesante. Lo que sí que os digo es que para aquellas personas que sufrís de estrés culinario por la incompatibilidad del tenedor con el blackberry de la empresa, será imprescindible que os compréis uno y empezaréis a comer caliente.

Fijaos lo que exagero el tema; seguro que muchos me estáis leyendo y pensáis que por supuesto, ¡si todo el mundo tiene un microondas en casa! Bueno, pues para mí, a estas alturas, sigue siendo una cosa que no es básica en una cocina, peeero, que viene muy bien.

En fin, a lo que íbamos, ¿qué pasa si combinamos verduras con microondas? Pues que comeremos caliente, que tendremos un plato lleno de sabor, que estará hecho en un “pispás” y que estaremos un poco más felices, que, como ya habréis sospechados por las recetas anteriores, es de lo que se trata todo este tema.

El mundo de las verduras es así: lo puedes combinar todo a tu gusto, con los colores que más te apetezcan, las formas que quieras y lo puedes acompañar con otros miembros de la pirámide alimenticia  ¿Quién da más?

Al mismo tiempo, el microondas nos dará la tranquilidad de que la comida no va a perder sus vitaminas (notaréis que las verduras hechas en el microondas saben más intensas) y que mientras la bandejita está dando vueltas y vueltas, vosotros os podéis concentrar en preparar una pasta o un filetito a la plancha (de animales felices, claro está).

El plato que yo hice fue con las verduritas que tenía por casa; cualquier verdura vale y por supuesto que se puede cambiar el método de cocción con la sartén al fuego. ¿Os quejaréis de receta? Realmente no creo que pueda llegar a contar como receta, es más que nada un poco de motivación para que salgáis corriendo al mercado a comprar verduritas ricas, ricas, y que os fijéis en las que están de temporada ; por cierto que ésa es otra cosa que hemos ido perdiendo en nuestra sociedad. Hoy en día podemos comprar de casi todo en cualquier época del año…eso no sería así si tuvieramos que alimentarnos de nuestra huerta.

Los ingredientes que yo utilicé fueron solo calabaza y pimiento rojo, y los serví acompañados de pasta fresca rellena de queso ricotta y espinaca. Lo aderecé con un poco de aceite de calabaza, otro de los descubrimientos de mis peripecias en la cocina por Berlín. Muchos de vosotros ya habréis descubierto la variedad que existe de aceites: de pepita de uva, de lino, de semilla de amapola… lo único que hay que tener cuidado porque algunos no soportan las altas temperaturas y hay que usarlos a la hora de servir o como sabroso adorno.

Preparación:

¡Más fácil imposible! Corté las verduritas como las quería comer, las puse en un plato grande separaditas para que se hicieran bien, eché un chorrito de aceite y sal por encima, las metí en el microondas a potencia máxima y ¡voilà! En unos 10 minutos estabas listas, aunque el tiempo de cocción dependerá de la verdura que hayáis elegido.

Mi experiencia es que la mayoría de las verduras están hechas en esos 10 minutos, la única excepción que os puedo contar son las patatas, pero incluso ellas están listas en 20 minutos. La zanahoria también es durilla.

Como véis, esta entrada ha sido también la ocasión ideal para contaros cositas y enseñaros lo bonitas que quedaron las fotos.

Esta semana tenemos puente por aquí y el 1 de mayo, si el tiempo lo permite, haremos picknick como desde hace unos añitos, así que, por favor, cruzad los dedos y mandadnos rayos de sol hacia estas latitudes, que prometo publicar todos y cada uno de los platos que preparemos para llevar 😉

Llevo todo el tiempo dándole vueltas a esa frase: “la incompatibilidad del tenedor con el blackberry de la empresa” Mi consejo: cuando el jefe os estrese un domingo o a las diez de la noche..¡mandadle a freír espárragos! , que además, ¡están de temporada!

¡Viva la revolución verde, roja, amarilla…!

 

Hummus

April 18, 2012
by cookinberlin
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Hummus

(para gustos, los sabores)

Esta semana me apetecía hacer uno de los platos preferidos de mucha gente que me rodea. El hummus, para los que no lo conozcan, es una pasta de garbanzo de origen árabe, de hecho “hummus” significa “garbanzo”. según wikipedia, claro está.

Es un plato sencillo y no solo rico, ¡riquísimo! Mucha gente encuentra empalagoso o pesado un buen plato de garbanzos, pero curiosamente es esta misma gente la que luego se pirria por una ración de hummus, esto tiene mucho que ver por su preparación. En el hummus encontramos la mezcla perfecta de aromas y el frescor del limón suaviza muchísimo a esta maravillosa legumbre.

Repito el valor tan importante que deberían tener las legumbres en nuestra dieta; exageraría si dijera que como legumbres todos los días, pero seguro que 5 días a la semana aparecen de alguna manera en nuestros menús. Sopas, purés, ensaladas, patés vegetales, guisos, guarniciones, salsas. Juntos iremos descubriendo la cantidad de posibilidades que ofrecen.

La receta origial del hummus, si es que existe tal cosa, destaca por la pasta de sésamo tahín  y por la mezcla del zumo de limón y del comino. Otros ingredientes como el ajo son parte de la receta y tendremos que ver lo fuerte o suave que nos gusta para saber cuánto ponerle.

Mi receta es de nuevo una variación que ya he hecho un par de veces; es verdad que me puedo permitir hacerla con estos ingredientes porque tengo una Thermomix (ya dije que prehistórica, pero imprescindible), para pasar la mezcla con una batidora normal recomiendo la versión más clásica. Tranquilos, que en la receta os pondré los ingredientes de mi versión e iré comentando los que pertenecen a la receta original. Vamos a ello con los ingredientes:

500 gr garbanzos secos

50 gr de semillas de sésamo

1 limón

un vaso de agua

2 dientes de ajo

una cucharadita de cominos

aceite de oliva

sal

pimentón para decorar


Preparación:

Si hemos comprado los garbanzos secos, pues ya sabéis que toca dejarlos unas 12 horas a remojo, si por el contrario habéis comprado garbanzo cocido en bote, pues os habéis ahorrado muchísimo tiempo para la receta. Habrá quien diga que no es lo mismo hacerlo con los de bote, pero sinceramente, mejor así que quedarse sin hummus casero 😉

Cocemos los garbanzos preferiblemente en la olla exprés unos 20 minutos, si no tenemos olla exprés este paso también tardará un poquito más. Al menos para hacer el hummus no es necesario que los garbanzos estén muy blanditos, de hecho tengo un libro de recetas en el que hacen el hummus directamente después de haber dejado los garbanzos en remojo. Algún día lo probaré.

Ahora viene un paso esencial: pelar los garbanzos. Sí, habéis leído bien. Claro que este paso os lo podéis saltar, pero aquí sí que digo que la diferencia entre pelarlos o no es bien grande y tampoco es tan difícil hacerlo. Cuando los garbanzos estén cocidos, los echáis en un escurridor y con una cuchara de madera empezáis a removerlos tranquilamente.

Veréis que la piel sale sola y que simplemente la tenéis que ir quitando.

Yo me lo tomaría como un ejercicio de paciencia que viene muy bien en estos tiempos tan estresantes de Internet y demás vicios. Además, si tenemos un escurridor tan chulo como el nuestro, da gusto usarlo.
A partir de aquí es facilito: hacemos un puré con la batidora o con la Thermomix y vamos echando el resto de ingredientes.

Yo no echo tahín, lo que uso son semillas de sésamo porque me resulta más cómodo utilizar lo que me sobra para otros platos y hasta que no se me demuestre lo contrario, el resultado es el mismo.

Así que echamos las semillas de sésamo o el tahín, los dientes de ajo y el zumo de un limón. Ahora tenemos un paso que me he inventado, pero que le sienta muy bien. Los que tengáis la Thermomix o una batidora estupenda podéis echarle la cáscara de medio limón, claro está que hablo de los limones cuya piel no ha sido tratada con químicos. Esto le da un toque muy fresco que nos encanta.
Puede ser que al ir haciendo el puré notéis que se os queda demasiado compacto; tenéis dos opciones: echarle más zumo de limón teniendo cuidado de que no os quede muy fuerte, o podéis ponerle un poquito de agua. Por supuesto que hay que ir probando para ver cómo va la mezcla y entrenar un poco el paladar: ¿sabe demasiado a limón?, ¿me apetece echarle un dientecito más de ajo?, ¿me gusta así o con menos sésamo? Cocinar, ya sabéis, es como estar en el laboratorio.

Lo mismo cuenta para el comino, no debe faltar, pero si a alguien no le gusta mucho, pues no pongáis mucho. Es verdad que es imprescindible ponerle un toque, hasta los que no les guste el comino echarían en falta el ingrediente si no lo ponemos.

Seguiremos condimentando nuestra pasta de garbanzo con un chorrito de aceite de oliva y sal.

¡Y ya está listo! ¿Cómo podemos tomar este plato? Lo más típico es servirlo en un plato y en el centro hacer un hoyito con una cuchara donde echaremos un poco de aceite de oliva. Alrededor de este hoyito vamos adornando con un poquito de pimentón.
También es clásico servirlo con pan de pita o pan árabe, pero por estas latitudes solamente teníamos por casa un pan negro, negro, negro, de esos que nos encantan por aquí y tengo que decir que estaba delicioso. Aunque es difícil que el hummus no salga bueno.
Espero que incluyáis esta maravilla en vuestro manual de recetas habituales. Comer es una delicia y mucha gente no lo valora. En este mundo en que vivimos de consumo desenfrenado, tendríamos que reflexionar más sobre qué comemos, cómo lo comemos, cuándo lo comemos. Hoy en día podemos permitirnos casi todo (hablo de cosas sencillas, no de tener un yate o cazar un elefante, por ejemplo) sin tener que luchar mucho por ello. Conocemos el esfuerzo a la hora de querer comprarnos algo material, ahorrar para un coche, para la entrada del piso, para ese bolso del escaparate, pero en temas culinarios no valoramos nada. Si la nevera está vacia, nos pedimos algo a domicilio o nos bajamos al bar de la esquina; cuando vamos de compras podemos llenar un carro de dimensiones cada vez más monstruosas sin pestañear y sin pararnos a pensar ni un segundo de dónde vienen esos productos.

En Alemania conocimos hace poco un proyecto muy interesante, la página está en alemán, pero podéis ver las fotos: Meine kleine Farm. Un estudiante universitario le propuso a un ganadero vender los productos de sus cerdos a través de Internet en una página en la que todos y cada uno de los cerdos tuvieran un número y un espacio con fotografías que documentaran el crecimiento del animal hasta llegar al matadero.

Estos cerdos viven felices al aire libre y el matadero está situado a solo 38 kilómetros de la granja, hecho que hace que no sufran en su traslado como la gran mayoría de sus “parientes”, sí, esos que vemos muy a menudo en gigantescos camiones por las carreteras haciendo un viaje eterno.

Aunque en este blog no vais a encontrar muchas recetas con carne (los que me conocéis, ya os lo olíais), no se trata de ser vegetariano o vegano, se trata de ir con respeto por la vida, vivir y dejar vivir y saber de dónde viene lo que ha sido sacrificado para que nos lo comamos. Resulta difícil de creer, pero muchos niños y adolescentes de ciudad no saben de dónde viene el filete que se comen, y del tema hamburguesas y demás ni hablamos.

A lo que íbamos, la intención de esa página web no es solamente que sepas lo que comes, si no que mires a los ojos al animal que va a ser sacrificado para que tú te comas un bocadillo de jamón y que así comprendas que la carne no es algo que aparece por arte de magia en las estanterías del supermercado. Vamos, que si muchos de nuestros abuelos levantaran la cabeza les parecería lo más normal del mundo y este proyecto les parecería absurdo: ¿hacerles fotos a los marranos? Me viene a la cabeza una cita:
están locos estos romanos”. Sí, hay veces que parece que los dioses han dejado caer el cielo sobre nuestras cabezas.

Mi propuesta es que este fin de semana os animéis a hacer un poquito de hummus, que comáis un poquito menos de carne (hay gente que come carne ¡todos los días!) y que cuando vayáis al súper os fijéis de dónde vienen los productos que echáis en el carro y os preguntéis si realmente tenéis que comprar tantas cosas, si es necesario comprar tanto todos los días o si realmente tenemos la despensa llena.

¿Comeríamos tanta carne si tuvieramos que salir a cazar todavía? Desde luego que para eso sería imprescindible habernos caído de pequeños dentro de una marmita llena de poción mágica y hasta ésa era una sopita vegetariana.

¡Buen fin de semana!
¡Felicidades, Lu! :-)

 

 

 

 

 

 

 

 

Sopitas

April 13, 2012
by cookinberlin
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Sopa de lenteja roja y calabaza

(la sopa de la Felicidad)

Después de unos días de descanso a orillas del mar Báltico con unos 6 graditos de nada, creo que hoy toca sopa.

Cuando empecé a darle vueltas a este blog, siempre se me planteaban un par de problemillas. Primero, al vivir en Alemania no sabía muy bien yo cómo iba a coordinar las recetas que “se me” apetecían por estas latitudes con las que ya estarían deseandito entrar en las cocinas de habla hispana. Berlín, (viernes) 13 de abril de 2012, 9º ; Madrid, 13º; Buenos Aires, 22º…

Enseguida me dije que esa cuestión no tendría que ser de las más relevantes porque siempre hay una ocasión para un buen platillo de cuchara, ¿o no? 😉

Lo que sí que será un reto es el tema de los ingredientes. En Berlín consigo todo lo que se me puede ocurrir y más; me tropiezo con cereales que o todavía no tienen traducción o que sí que tienen una, pero que no sirve de mucho porque nadie sabe lo que es (véase: “Teff”).

Esta receta tiene la misión de acercaros a algunos ingredientes que quizá no conozcáis o que quizá jamás os imaginastéis que podrían entrar en uno de vuestros perolos; una locura para los paladares más escépticos. Una aventura para los que les falten ideas en la cocina.

Muchos de vosotros conocéis la lenteja roja. La pregunta es cuántos de vosotros la habéis comprado o comido ya; quizá es que ni la hayáis visto en el súper. Es verdad que muchos de los ingredientes que hacen de una comida algo completo y sano los váis a encontrar en el herbolario o en tiendas especializadas, pero no quiero pensar que ése sea el caso de esta lenteja.

Mi intención hoy es que hagáis de la lenteja roja un básico en vuestras despensas, ya que no será la última vez que la encontréis entre mis recetas. Por su aporte en proteínas y hierro hace que sea un alimento completo que puede compensar muchas carencias en nuestro día a día, eso sí, siempre acompañadas de otro cereal, no por nada se suelen acompañar muy a menudo con arroz.

Por si fuera poco, en esta receta también tenéis una pequeña gran desconocida para mucha gente: la calabaza.

En Alemania no está muy claro si es una fruta o una verdura, porque mucha gente solamente la conoce en almíbar o en conserva con azúcar y vinagre. En España pasa un poco lo mismo con el cabello de ángel, aunque sé que en muchas regiones existen guisos con calabaza.

El tipo de calabaza que utilizamos para esta receta es la encontramos en Alemania bajo el nombre de “Hokkaido”. Desde que encontramos este tipo de calabaza que no hace falta pelar para cocinar, repito: ¡no hace falta pelarla!  ¡todo un lujazo!, pues eso, que desde que la encontramos tengo que decir que no nos podemos imaginar la cocina sin calabaza, eso sí, salada. Por ahora.

El tipo de calabaza “Hokkaido”, se llama “red kuri” en inglés o “potimarron” en francés. Parece complicado, pero con las fotitos quizá la podáis encontrar por el mercado, si no, pues ¡a pelar calabaza se ha dicho! Lo bueno es que es uno de los ingredientes que podéis quitar de la receta, claro que no es lo mismo, pero al menos podréis empezar a experimentar con la lenteja roja, ¡que no es poco!

La raíz de gengibre tampoco es de los ingredientes básicos en muchos hogares. Se conoce más para infusiones, repostería o en la cocina asiática. En esta receta es el ingrediente que le da ese toque tan especiado y picantón, sin llegar a picar mucho. Para los que disfruten de los sudores de un plato muy picante le tendrán que poner bastante más gengibre de lo que indico en la receta.

Empezamos entonces con los ingredientes:

un paquete de lenteja roja
(500g de la lenteja roja sin pelar; la pelada se hará antes)

100gr de calabaza Hokkaido

1 zanahoria mediana

50gr de pimiento rojo

raiz de gengibre fresca al gusto (unos 20gr)

una pastilla de caldo vegetal

sal, salsa de soja y leche de coco al gusto para condimentar al servir

Preparación:

Ponemos a hervir un litro de agua y echamos las lentejas al agua fría. Esto es importante, porque si las echamos cuando esté en ebullición se pegarán unas con otras, pero eso seguro que viene explicado en el envase.

Echamos la pastilla de caldo.

Mientras tanto picamos la calabaza, la zanahoria y el pimiento. Lo ideal es cortarlo a juliana o, como yo, picarlo en la Thermomix (¿qué haría yo sin mi prehistórica Thermomix?). El gengibre también lo podemos picar en la máquina o si no lo podemos rallar.

Cuando empiecen a hervir las lentejas, echamos el resto de la verdura y dejamos cocer a fuego lento. Tendremos que remover de vez en cuando porque la sopa estará bastante espesa.

Dependiendo de qué lenteja hayáis comprado tendréis que esperar de 20 a 30 minutos; lo ideal es probar para ver que realmente están hechas, porque mi experiencia con los tiempos de cocción de los paquetes me darían para una entrada entera del blog.

Al apagar el fuego condimentamos con la sal, la salsa de soja y la leche de coco que nos apetezca.

La salsa de soja que compro es bastante fuerte (Tamari strong), por eso no necesito demasiada sal para esta receta. Luego, la leche de coco también es todo un invento; hay tantos tipos que tendréis que probar para realmente ver lo intensa que es la que hayáis comprado. Eso dependerá de la cantidad de coco que tenga. Hay muchas leches de coco que están demasiado aguadas y se tiene que echar mucho para que se note.

Yo la leche de coco prefiero echarla en cada sopa a la hora de servir, sobre todo porque queda precioso el contraste del blanco con el precioso color naranja de las lentejas.

Para los que os hayáis echado a temblar al ver tanto ingrediente exótico os digo que la sopa es tan agradecida, que sin calabaza y sin leche de coco también es maravillosa. Incluso me atrevo a decir que, para los que no encontréis raíz de gengibre fresca, poniéndole pimienta o chiles para darle un gusto picantón tiene que quedar estupenda, aunque nunca la he hecho así.

Ésta es una sopa estupenda para el invierno y perfecta para los cambios de estación y sus resfriados traicioneros. El gengibre ayuda a luchar contra los virus, además de activar el metabolismo. En invierno apetece calentita, en primavera más templada, pero nunca deja indiferente a los que la prueban.

Creo que todas las visitas que tuve este invierno pudieron probar los efectos calmantes de esta sopa; no está comprobado todavía, pero creo que es una sopa que hace feliz y ¿qué más se puede pedir a la comida? Yo solamente pido poder seguir preparándosela a la gente que más quiero.

Para los que necesiten un empujoncito más, ahí van un par de enlaces, por cierto, me parece curioso que el Congreso Internacional de la Felicidad esté patrocinado por Coca-Cola…qué cosas:

Congreso Internacional de la Felicidad

La dieta de la Felicidad

¡Cucharas arriba!